Sinopsis

Edmundo Figueroa unos de los grandes escritores de nuestro tiempo acoge a su antiguo amigo, Leandro Delpuente en su nueva residencia en Madrid para concederle la única entrevista que ha hecho en muchos años. A lo largo de este encuentro, el autor llega a insinuar la existencia de un método muy especial que utiliza para crear sus obras. A partir de este momento, Leandro se obsesiona por descubrir el funcionamiento del método hasta tal punto que llega a olvidarse de su trabajo y se ve envuelto en un mundo ajeno a él. En este mundo todo tiene cabida: la búsqueda de la verdad, los desencuentros, la pasión por la escritura, la fragilidad del éxito y del amor.

viernes, 15 de febrero de 2013

Completando El Método .... - Hector (2)


Ocho años pueden pasar muy rápido o por el contrario pueden ser una tortura. En mi caso, tuve que crecer y madurar a marchas forzadas y tuve que pensar cómo quería que fuera el resto de mi vida cuando todavía era un niño. A medida que pasaba el tiempo, me di cuenta de que las cosas no iban a cambiar. Elana y Eloísa me absorbían cada vez más y ellas jamás se ponían en mi lugar ni me trataban como a un niño normal.

La rivalidad entre ellas era tan grande que llegaban a intimidarme. A cambio de que le preparara una merienda especial o de que le diera un largo masaje por su arrugada espalda, Elana me “chantajeaba” ofreciéndome algo de dinero. Por su parte, Eloísa, me dejaba quedarme con las vueltas de las compras a las que me mandaba; siempre y cuando procurara estar más tiempo a su lado. Las dos luchaban por mi atención como si se tratara de alguna especie de extraño concurso que quisieran ganar. Muy poco a poco, igual que una hormiga trabajadora, fui aprovechándome de sus chantajes y conseguí ahorrar una cantidad que podría necesitar en el futuro. Ocho largos años de pequeños ahorros pueden hacer una considerable fortuna. Esa fue la primera fuente de ingresos. Los guardaba cuidadosamente dentro de varios calcetines que enrollaba y escondía en el fondo del armario de mi cuarto. Ellas nunca entraban en mi habitación, entre otras cosas porque yo era el encargado de limpiar toda la casa, pero me sentía más seguro teniendo mi tesoro escondido. 

La segunda manera que encontré de ganar dinero fue totalmente fortuita. Ocurrió gracias a Dionisio. Un día, me encontraba en su tienda esperando a que me trajera un tarro de miel del almacén, cuando entraron varios chicos dando un gran portazo. Uno de los muchachos era su hijo. Se quedaron mirándome de forma extraña, como casi todo el mundo lo hacía, pero no me sentí tan mal como otras veces. Con el tiempo, desarrollé una especie de coraza que me protegía de las miradas curiosas de la gente. A medida que iba creciendo, no me afectaba tanto lo que los demás pensaban sobre mi aspecto.

Cuando Dionisio salió del almacén le dio una gran reprimenda a su hijo y le gritó que más valía que estudiara más y que holgazaneara menos por ahí. Yo, sin embargo, sentía envidia de poder tener amigos. Creo que el tendero debió notar mi tristeza, porque me hizo una oferta que no pude rechazar.

Me preguntó si era buen estudiante. Mi nivel era de primer curso de secundaria, igual que su hijo Felipe. Tenía la suerte de que Elana y Eloisa habían estudiado en un colegio mayor cuando eran pequeñas, su familia en aquella época poseía muchas tierras y acumularon una gran fortuna. Ellas se encargaban de ponerme tareas de acuerdo a mi edad y me examinaban igual que si fueran mis maestras. De hecho, al llevar dos años viviendo con ellas y al ver que progresaba a un ritmo muy rápido, contrataron para mí a un profesor particular que venía del pueblo de al lado tres veces por semana. Como no tenía otra cosa mejor que hacer, me centré en sacar buenas notas. Aunque me privaron del contacto con otros compañeros,  pude tener una buena educación. Todo lo que aprendí se lo debo a que se preocupaban de que no fuera un zoquete. 

Dionisio me comentó que Felipe andaba muy flojo en su primer curso de instituto, sobre todo con las ciencias naturales y con las matemáticas. A mí se me daban genial los números y acepté encantado a echarle una mano, además, él insistió en pagarme las clases.Yo le comenté que no podía tener un horario fijo, que tendría que inventarme mil excusas para salir de casa más tiempo del habitual, pero que le ayudaría encantado. Entre otras cosas, porque necesitaba el dinero.

 Y así fue como empecé a relacionarme con alguien de mi edad y conocí a mi primer amigo. Tenía catorce años recién cumplidos,  todas las dudas y las dificultades de la pubertad y miles de pájaros en la cabeza. Felipe para mí fue un desahogo, una liberación, una revelación. Él no me miraba como los demás, me aceptó como era desde el principio, tenía mucha curiosidad por  conocer cosas de mi infancia, de la muerte de mi madre, de mi vida con las dos ancianas. Cuando le contaba cómo eran, notaba que sentía pena por mí. Conectamos desde el principio, pero yo jamás olvidaba mi obligación de ayudarle con las matemáticas y también dedicábamos todo el tiempo posible a estudiar.

Una tarde llegué a la tienda corriendo como de costumbre, para apurar el tiempo al máximo, y cuando subí al piso de arriba y entré a la sala de estar, Felipe no estaba solo. Le acompañaba un compañero de clase, se llamaba Mario y parecía algo tímido. De todos modos, conmigo estuvo muy amable y educado. Esa tarde, hablamos de lo que queríamos ser de mayores. Yo nunca lo había pensado. Mario tenía muy claro que le gustaría ser profesor, Felipe sabía que su destino era heredar la tienda de su padre así que tampoco había pensado en su futuro. Y yo….yo lo único que tenía claro es que de mayor quería ser libre. Aquella misma tarde, les conté a los dos mis planes de huir dentro de cuatro años, cuando cumpliera la mayoría de edad. Me las había ingeniado para ir ahorrando dinero y seguiría haciéndolo durante cuatro años más, pero no sabía ni a dónde ir ni tampoco dónde me alojaría.

 Los chicos decidieron apoyarme y me ayudarían en todo lo posible. Felipe se acordó de que uno de sus mejores amigos del instituto tenía un hermano mayor que vivía en un apartamento en la capital. Hablaría con él para ir tanteando el terreno y saber si en un futuro podría irme a vivir con él. Yo  estaba feliz. Por fin tenía aliados para mi plan. Y desde aquella tarde, Felipe y yo intentábamos pasar el mayor tiempo posible juntos. Muy despacito, entre confidencias y risas, entre planes y horas de estudio, entre mentiras y broncas, entre secretos y escapadas, sigilosamente, un buen día llegó el esperado acontecimiento. Cumplí dieciocho años. 

Durante todo el tiempo que lo había estado planeando, entre las clases que daba a Felipe, un trabajo esporádico de repartidor de periódicos que también había encontrado y lo que conseguía de Elana y Eloísa por sus favores; había reunido una buena cantidad de dinero. Nunca había salido del pueblo, pero tendría suficiente para el billete de tren y para pagar unos meses de alquiler. Además, Felipe había reunido también dinero por su cuenta e insistió en prestarme parte de sus ahorros. Ya se lo devolvería cuando consiguiera un trabajo y las cosas fueran hacia adelante.

 El hermano mayor del amigo de Felipe, Julián, estaba al tanto de mi historia y de mi situación y había accedido a acogerme durante un tiempo en su apartamento. No era muy grande, pero tenía dos habitaciones y una ayuda para pagar el alquiler no le vendría mal.  Julián me recogería en la estación a la hora y el día acordado, aunque si hubiera algún contratiempo tenía bien anotada la dirección del piso. Todo el plan estaba meticulosamente calculado, Felipe y Julián se habían estado carteando durante meses y yo no sabía cómo agradecerle toda la ayuda y todo el cariño que me habían mostrado. Incluso en una de esas cartas, Julián incluyó una foto suya para que yo pudiera reconocerle cuando llegara.

El tren salía de madrugada. Exactamente a las cinco de la mañana de finales de Junio. Yo no quería irme sin haber terminado mis clases particulares y sin haberme examinado del último examen. El profesor me firmó un certificado que acreditaba que había finalizado la educación segundaria obligatoria con nota. Por supuesto, ese papelito, junto al amuleto que me regaló hace bastante tiempo Elana y que siempre llevaba conmigo, eran mis más preciadas posesiones. En una bolsa de viaje que Felipe me había prestado, guardé mis pocos enseres personales, algo de ropa, algunos libros y todo el dinero que había conseguido. No olvidé el billete de tren, el papel con la dirección y dejar una nota para ellas…

Ya en la estación, Felipe me esperaba. Le regañé porque no tenía que haber salido tan temprano de casa para ir a despedirme. El tren silbó a lo lejos y llegó el ansiado momento.
Me sentía muy raro, pero sabía que tomaba la decisión correcta, era la única salida para poder ser feliz algún día. Me daba mucha tristeza dejar a Felipe, el único amigo que había tenido en toda mi vida, y nos dimos un fuerte abrazo. Acordamos que no dejaríamos de tener contacto y de contarnos todo lo que nos pasara. Y por supuesto, nos veríamos cuando fuera posible. El tren llegó al andén,  paró el momento justo para subirme a él y despedirme eufóricamente de mi amigo…Unas lágrimas brotaron de mis ojos mientras veía cada vez más pequeña la figura de Felipe, quieta, parada en el andén.

 A la mañana siguiente, cuando las ancianas se despertaron, vieron sobre la cómoda principal del salón una nota firmada, decía así:
   “Espero que no me guardéis rencor pero he decidido marcharme de casa. Ya tengo dieciocho años y soy mayor de edad. Os doy las gracias por haber cuidado de mí durante todos estos años. Por darme una educación, comida y un techo donde dormir todas las noches. Pero aquí soy como un “prisionero”, necesito respirar y vivir. Lo único que quería de verdad era un poco de cariño, y eso no habéis podido dármelo. Sin ningún reproche, se despide de Elana y Eloísa vuestro hijo adoptivo: Héctor. Ojalá en mi ausencia os llevéis mejor y comprendáis por qué he tenido que hacerlo…”

En la próxima entrega: Héctor llega a la ciudad. Cómo transcurre su vida y cómo es ahora  que han pasado diez años desde que abandonó el pueblo.

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